...Y el Odio
viernes, 19 de septiembre de 2014
III.
Esta zona de Madrid es realmente bonita. Especialmente de noche y cuando no hay más que un par de taxis tratando de cazar a los fiesteros más rezagados para hacer la última carrera de la noche aún a riesgo de que le vomiten en la tapicería. Muchos de los edificios de la calle princesa tienen ya casi una centuria, y se integran a la perfección con los de diseño moderno ya vanguardista. En lugar de fijarme en el conjunto arquitectónico del Madrid de ayer y de hoy, sigo con paso ágil mi camino hacia el trabajo. Es un edificio totalmente rectangular, con cristaleras amplias decorando la fachada. La entrada al hotel tiene todos los elementos de un negocio de lujo. Puerta giratoria, mármol, un techo altísimo de más de cinco metros del que cuelgan preciosas lámparas de vivos colores, que no alumbran apenas pero que decoran. Jarrones de estilo chino, algún que otro buda, sendos sillones en los que caben una docena de personas medio tumbadas con mesitas de diseño en las que parece que el cristal flota a media altura. Hay algunos miembros de tripulación de Lufthansa sirviéndose café en la estación que cada noche coloca y repone el de servicio de habitaciones. En uno de los laterales el recepcionista de noche me ha reconocido y me saluda con un gesto militar. Sabe que a pesar de la hora y que no hay jefes yo no voy a hacer entrada por ahí, eso es solo para clientes. Dejo atrás toda la pompa con la que atraemos a los huéspedes como moscas que caen en la tela de araña, y tuerzo la esquina donde todo esta casi en penumbra. Los gatos rebuscan en las bolsas de basura que algunos ciudadanos dejan al lado de los contenedores por no echarlas dentro, demasiado esfuerzo. Vuelvo a torcer la esquina y ahí la oscuridad es casi total, a excepción de las dos bombillas que alumbran la entrada de personal. Es una especie de zona de carga y descarga de mercancías, a estas horas hay que sortear los contenedores del hotel que los funcionarios de recogida de basuras han colocado como les ha dado la gana. La gran puerta de metal oxidado se abre mediante una tarjeta que graba qué empleado entra y a que hora, eso sí, si al lector le da la gana. Hay veces que tengo que meter la tarjeta cinco o seis veces hasta que esta se digna a hacer la lectura. Si graba cada pase de la tarjeta pensarán que estoy borracho. Una vez franqueada la gran puerta de madera, paso una pequeña puerta de cristal que en su día fue mal instalada y tiene los goznes al revés con lo que nunca se cierra como debiera. Bajo dos tramos de escaleras totalmente solo que dan al laberinto interior por donde nos movemos los trabajadores para no ser vistos por los clientes. Un tramo más de escaleras y llego a la zona de vestuarios. El primer vestuario, el más amplio de todos, es para trabajadores rasos. El segundo, un poco más grande que una cabina telefónica es para empleados eventuales. El tercero, donde yo me cambio, es para mandos intermedios y directivos. A pesar de que se consideraría la zona noble de los placares es igual de cutre que el de todos los demás, con el agravante que el desagüe de impurezas de todo el hotel ha de estar justo debajo y hoy apesta a orines. Más allá del pasillo es la zona de mujeres y un portón doble aleja las miradas indiscretas. Si tienen la misma diferenciación de estatus que los hombres eso ya no lo se. Al entrar al vestuario tengo un gran espejo a mano izquierda que me devuelve la imagen del mismo desconocido que vi en el de mi casa, igual de dormido, igual de ojeroso, solo que con una mueca añadida de desagrado por el hedor. Antes de quitarme la ropa enciendo el agua caliente para que coja temperatura. Mi taquilla está justo al lado de la puerta con que si a alguien le diese por abrir en el momento de cambiarme gozaría de privacidad cero, pero a esas horas solo estoy yo. Me afeito, me lavo los dientes, que mojo el pelo con la intención de domarlo y procedo a vestirme. Camisa blanca, zapatos negros, pantalones negros, americana negra, corbata negra. Parezco más un miembro de seguridad en una discoteca o un agente de seguros de vida. Cotejo que llevo todos los enseres en su sitio, sacacorchos, bolígrafos, mi chapa identificativa, mi teléfono móvil, tabaco, mechero, mis llaves. Vuelvo a contemplar al extraño del espejo y sigue siendo el mismo solo que más aseado y pulcro.
Subo las escaleras y doy a un pasillo larguísimo que hace de arteria principal del hotel. Ahí esta el economato, servicios técnicos, lavandería, el despacho de la gobernanta, el de la interventora, el del departamento de reservas y el de alimentos y bebidas, que es el mio. Este se divide en un despacho más o menos amplio cercado de mamparas con cristalera y cortinas de mi jefe. A la derecha están las dos mesas de los metres, todos los archivadores del papeleo que a diario rellenamos, y un gran corcho donde colgamos las ordenes de servicio clasificadas por días. Hoy tengo cerca de cuatrocientos desayunos, ochenta son jubilados que nos trae una agencia tipo imserso pero de nivel para adinerados estadounidenses y australianos. Ciento cincuenta judíos de vacaciones. El resto son gente de negocios, turistas y padres que vienen a visitar a sus hijos que están en los colegios mayores de la ciudad universitaria. Trato de memorizar cuantos tengo en plantilla y cómo distribuirlos ya que hoy toca subir pedidos de desayunos y de minibares, pero según salgo de la oficina se me ha olvidado completamente. Improvisaré. Al salir al pasillo me encuentro con una de las limpiadoras, es fuerte de constitución, con una sonrisa cándida y voz débil y aguda que contrasta con su físico. Al subir por el ascensor de servicio a la primera planta se distrae quitándome pelotillas de la chaqueta dando cuenta de la mala calidad del tejido. Yo me limito a asentir con la cabeza y a responder con monosílabos ya que esta conversación la tenemos todas las mañanas del año. Salimos delante de la cantina de personal donde ya están desayunando los más madrugadores haciendo corrillos para despellejar compañeros con cuchicheos de este ha dicho o aquel ha hecho. Cojo un vaso, le pongo azúcar, y paso de largo de la cafetera de personal que solo da un laxante de agua sucia. En el pasillo que da al desayunador me cruzo con el camarero de room service de noche. Este suele aprovechar la soledad y la falta de vigilancia para dar cuenta de nuestra variedad de bebidas alcohólicas, pero esta noche no esta demasiado pasado. Ha terminado de preparar el buffet y se dispone a recoger la estación de café del hall. Entro en el salón, compruebo que esta todo donde debe, la lista de habitaciones en mi atril, y la música puesta. Un horrible disco de Chill-Out que por gentileza del director general escucho cuatro veces seguidas todas las mañanas. Aunque la puerta de acceso para clientes está cerrada me llega el murmullo de los jubilados que están ansiosos por que abra de una vez. Quedan diez minutos para las siete así que se van a esperar a que me tome yo mi café, por supuesto el de maquina para clientes. Me salgo a una terracita escondida y me enciendo un cigarrillo. Son mis últimos cinco minutos de tranquilidad en toda la mañana. Jugueteo con el móvil apurando las últimas caladas y me aprieto la corbata. Las siete menos dos minutos. El murmullo de los viejos ha pasado a ser un ruido de impaciencia. Clarines y timbales para abrir la puerta de los toriles. Yo estoy preparado, con mi lista, mi atril, la música y el odio.
jueves, 18 de septiembre de 2014
II.
Siempre que entro en el tren me entra una sensación de soledad. estoy rodeado de gente, no mucha entre semana y mucho más animado los fines de semana, pero me siento como un completo extraño, un recién llegado al mundo. Siempre me viene a la cabeza y muchas veces la tarareo aquella canción mítica de "The Doors" que decía lo de:
Vallecas: mayoritariamente latinoamericanos. Pero de los puros, no criollos, sino raza pura. Descendientes directos de los pobladores desde la tierra del fuego hasta la penisnsula de Yucatán.
El Pozo: curiosamente casi nadie sube en esta estación a estas horas de la mañana. Da qué pensar.
Entrevías: ahora la han adornado con el prefijo "Asamblea de Madrid", pero históricamente ha sido uno de los barrios más conflictivos de Madrid, junto a San Blas, eran lo más peligroso de la villa y corte, pero ahí solo suben cuatro o cinco gatos puros, de los del "madriz"de toda la vida.
Atocha Renfe: Todo el mundo abajo.
En el cambio de vía he de cruzar un puente que da acceso a todos los andenes de la estación, no solo yo sino todos los demás, y parece que todos tienen prioridad. El acceso a las escaleras mecánicas se rige por la ley de la jungla. Mientras trato de mantener la fila de una forma cívica, la gente va entrando a empellones a derecha y a izquierda sin respetar ningún tipo de orden. No tengo ganas de discutir tan temprano, así que no entro en el juego y si alguien se cuela, pues medallita para él/ella. Yo voy con la paciencia de un buey ya que voy con tiempo y prisa no tengo. Siempre hay el que recibe los insultos de los comunes al obstruir la subida con alguna bicicleta. Parece que esos diez segundos de subida suponen una diferencia para los demás.
A la llegada a mi segundo transbordo siempre me río observando la escena. La mayoría de la gente se adentra directamente en el tren del lado izquierdo del andén que no hará salida hasta las seis y cinco de la mañana. Sincronizado con mi llegada entra en el anden derecho otro tren que hace la misma ruta, solo que hace salida acto seguido. Entonces todo el mundo abandona el primer tren para abordar al recién llegado. La sucesión de empujones y empellones se repite al igual que en la escalera mecánica. Como la mayoría de los viajantes hacen parada, al igual que un servidor, en la siguiente estación, no han accedido siquiera al tren que ya ocupan posiciones de salida, con lo que dificultan la entrada a los rezagados. Aunque sea solo para un viaje de cuatro minutos, siempre hay una lucha abierta por ocupar los asientos disponibles. Me llama la atención como la gente ocupa asientos determinados tratando de dejar un sitio libre entre pasajero y pasajero, como si les molestase el contacto con sus iguales, y si el asiento de entre medias se ocupa siempre miran de soslayo y con desdén al atrevido intruso. Al llegar a la estación de Sol la pelea se reanuda. En este centro neurálgico de la ciudad no solo se da un intercambiador de Renfe y Metro, parece también un relevo entre los que empezamos el día con los que terminan la noche. Una horda de jóvenes, y no tan jóvenes esperan al tren o caminan sin rumbo. Gente a la moda, con gafas de sol, sonrisa perpetua, creyéndose los más graciosos de la fiesta, con los ojos inyectados en sangre, maquillajes desamparados, ropajes otrora de diseño ahora hechos jirones por el transcurso de la noche, con latas de bebida comprados en la calle, gente de sexo indefinido con barba y piernas y pecho expuestos totalmente depilados, carne de silicona, lagrimas de desengaños amorosos de una noche, y rosas compradas a sacrificados orientales que aguantan las tonterías del alcohol y las drogas para poder venderle la posibilidad a un estúpido de echar un polvo en el tigre de un bar cualquiera. Hombres y mujeres discutiendo, mujeres increpando a un pobre tonto con gafas de pasta y espinillas, chicas andando de la mano, Hércules musculados abrazándose la cintura o dándose besos de tornillo, siempre alguno vomitando en alguna papelera o detrás de alguna maquina expendedora, incluso alguno lamiendo el suelo porque ha esparcido el contenido de su papelina en el piso mugriento de la estación.
Para acceder al Metro hay dos vías, dos tramos de escalera mecánica o un pequeño ascensor en el que apenas caben media docena de personas. Aunque se tarda menos por las escaleras es normal ver a señoras entradas en edad pegándose una carrera cómica y torpe para llegar primeras al ascensor. Siempre hay discusiones. En cuanto entran más de los debidos la gente discute sobre quien ha de salir, si el último que ha hecho entrada o el de más peso. Yo tomo la vía de las escaleras. Antes de llegar al primer rellano oigo gritos desesperados para descubrir poco después al termino del segundo tramo de escaleras a seis o siete guardas jurados ajusticiando a un par de infelices que han tenido la infeliz ocurrencia de pegarse un viaje gratis. Desde el momento que salgo de los tornos de Renfe noto la mirada de algún listo que observa como me dirijo hacia el metro, apenas veinte metros de distancia. Como una sombra y haciéndose los tontos empiezan a pegarse en mi. A veces son chavalas de corta edad, otras todo lo contrario, hombres maduros condenados a su devoción a la heroína. Como quien no quiere la cosa se pegan a mis talones para que una vez hago entrada en el metro entrar gratis a mi costa. Generalmente y con aire de satisfacción esperan a un amigo o acólito a que haga la misma operación mientras que yo sigo camino.
En el metro me encuentro poco más o menos la misma fauna pero de distinta naturaleza, hace entrada el homo digitalis, esa nueva especie más avanzada que no solo tiene una destreza inaudita en los pulgares tecleando en su pantalla táctil, sino que ya tiene el cuello inclinado a perpetuidad cuarenta y cinco grados hacia el suelo, pendiente de vídeos y los juegos gratuitos de internet para su versión móvil, bien sea Android u otro sistema operativo para privilegiados. La tecnología no escapa a nadie, puesto que he visto a gitanas limpiando parabrisas en la Plaza de España con Iphone´s 5 en sus manos mientras esperaban a que el semáforo se ponga en rojo para recibir clientes. Aunque solo tengo tres paradas estas se me hacen angustiosas. Necesito salir de ahí. Al llegar a mi estación de destino salgo como una exhalación, y en la soledad de la noche respiro el aire de la ciudad. Con mi trabajo en frente, el palacio de Liria a mi derecha. Enciendo un cigarrillo con avidez saboreando la soledad de la noche. En mi boca percibo el tabaco canario, el alquitrán, la nicotina y el odio.
viernes, 12 de septiembre de 2014
I.
Un peldaño, dos peldaños y el pequeño rellano. Puedo contar más de media docena de plantas entre las escaleras y el pequeño e inservible tabique que la franquea. Dicen que a las flores les viene muy bien el sol pero no entiendo como sobreviven a este calor infrahumano. De todas formas cuando llegue el invierno morirán todas y la primavera que viene tocará rascarse el bolsillo de nuevo. Menudo gasto. Segundo tramo de escaleras, catorce en total. Llevo treinta y cuatro años subiendo y bajando estas escaleras, a excepción de los años que viví primero fuera de España y después fuera de Coslada. ¡Dios!, ¡qué bien se vivía en Rivas!. Llegando a la puerta de madera de la terracita que hace de entrada a mi casa veo los ojos desconfiados de mi gato, cualquiera de los tres, pero a menos que asome el perro de mi primo rara vez están los tres a la vez ahí. Sea cual sea ninguno de los tres se deja acariciar por mí cuando llego del trabajo, será porque huelo al mundo. Si tuviese ese sentido del olfato yo también huiría ante semejante hedor. No se si por el ruido de la puerta de madera o por el de mis pesados pasos, alguien siempre me oye dentro de casa. Mi mujer me abre la puerta antes de que llegue. Su gesto es cándido así que no me espera ningún problema. Después del beso ritual de bienvenida entro en casa. Todo el cansancio del día me sobreviene de repente. El pequeñajo corre a mi encuentro y me da un abrazo y un par de besos, pero tan pronto como vino se vuelve a hacer sus cosas. Mi hija, ya en preadolescencia ni se levanta a recibirme y a menos que se lo pida se ahorra el beso. Ando directamente hasta mi dormitorio, me quito los zapatos y los calcetines y saboreo cómo circula de nuevo la sangre por mis pies. Sandalias. Vuelvo a levantarme y en el salón enciendo el ordenador para que vaya cargándose. Quizás una pequeña ojeada antes de echarme una siesta. Como un autómata respondo con monosílabos y algún gruñido de asentimiento a las preguntas que me hacen mientras me lavo las manos en el cuarto de baño. Entro en la cocina. Abro la nevera. Hola, ahí estas.
¡Puto despertador!, no perdona una. Pero ahí esta, fiel y obediente haciendo lo que le dicen, sonando cuando debe y con el sonido que yo mismo le he puesto. A pesar de que he saltado como un resorte para apagarlo y no despertar a toda la familia, en especial a la que duerme a mi lado, rápido vuelvo a la posición inerte. Me lleva varios minutos comenzar a reaccionar, por eso lo pongo con tanta antelación, pero no puede sonar una segunda vez o mi mujer se desvela, y de ser así ya tengo un problema. Me doy la vuelta y contemplo con una envidia brutal su respirar. Cómo me gustaría darme la vuelta y dormir hasta que esté totalmente descansado, pero no puede ser: hay que currar. Abro y cierro la boca varias veces para quitarme la sensación de pastosidad. Me siento en el borde de la cama y todavía me va a tomar un par de minutos encontrar la forma de levantarme. Finalmente me armo de valor y me levanto. Mis articulaciones, en especial mis tobillos, crujen como una puerta vieja. Recojo mis ropas, mi bolso, mis zapatos y mis auriculares y enfilo hacia la cocina donde me vestiré. Primero visita al trono. La sequedad de mi boca es horrorosa, pero si pego un trago de agua corro el riesgo de buscar un baño de aquí a diez minutos, y a semejantes horas no encuentras nada accesible. Por si acaso entro en el baño y trato de expulsar todos los detritos de mi organismo. He visto un poco mi reflejo en el espejo, y aunque todas las mañanas me pasa lo mismo, mi cara parece la de un viejo enemigo al que reconoces pero no sabes de que. En suma, figura encorvada, ojerosa, despeinada, con los parpados entornados a causa de la primera luz directa, todo un "sex appeal". Que lastima.
Poco menos que me dejo caer en el váter. Mientras espero a que el completo desalojo de inmundicias tenga lugar, trato de recordar lo que he soñado aquella noche. No se lo que era, pero era agradable. Tampoco tengo la mente en estos momentos como para ofrecerle grandes retos. Algunas noches recibo "visitas", pero en esta no ha sido el caso. He dormido a pierna suelta y no recuerdo nada de lo soñado. Una preocupación menos. Lo que sí me preocupa es que llevo diez minutos sentado y no consigo expulsar todo lo que debo, así que tendré que esperar a llegar al trabajo para pegar el primer trago y así evitar incidentes incómodos.
Después de este lento proceder no tardo más de cuarenta y cinco segundos en ponerme la camiseta, los pantalones cortos, zapatillas, colgarme el bolso, conectar los auriculares a mi teléfono móvil y dirigirme a la salida. Ya estoy totalmente despierto y funcional. Abro la primera puerta tratando de hacer el menor ruido posible. Una vez fuera, cierro y contemplo la oscuridad. A través de la opaca capa de polución consigo vislumbrar un par de estrellas primero, luego una decena más. La noche es despejada y el fresquito es delicioso. Cruzo en la más absoluta y silencio el jardín. Una vez llegado a la verja, alumbrado por las farolas enciendo la radio. No hay ni Dios por la calle, quizás pasa solo un coche patrulla de la policía local, pero no le hago ni caso. El único ser visible es el propietario del bar de al lado, una especie de superhombre que debía de haberse jubilado hacía años, pero que no hay quien le quite de su bar ni quien le entierre, ni falta que hace, porque a pesar de no ser capaz de escribir su nombre sin fallos ortográficos, me ha visto crecer y yo a él envejecer, y sí, se puede llegar a decir que le tengo algo de cariño. El susodicho se hizo famoso tiempo atrás por atraer y entretener a sus parroquianos de primera hora con películas porno, pero como su nuevo local tiene una gran cristalera se abstiene de escandalizar al vecindario.
He tenido que recorrer doscientos metros, justo la distancia que separa mi casa de la estación de Cercanías Renfe para darme cuenta que mi sensación de estar despierto no era más que una ilusión. Creo que no me he cruzado con una sola alma en el trayecto. Bueno, quizás un par de limpiadoras del Carrefour que aún tendrán que cruzar un par de descampados y la autopista de Barcelona para llegar a su puesto de trabajo. Si he conectado la radio temo que no me he enterado de nada de lo que he oído. Busco una cadena que satisfaga mis necesidades:
Radio Marca: cuatro entendidos discuten si Cristiano Ronaldo, ha de forzar para jugar el derby. Considerando que se está jugando el mundial de baloncesto en España, el tema me parece doblemente estúpido. Especialmente pensando que España jugó anoche, pero solo parece importarme a mí.
Kiss FM: han hecho un disco con las mejores canciones ñoñas de los ochenta y noventa, y lo tienen puesto en un infinito "loop".
M80: la misma técnica que los anteriores solo que con más canciones. Estas cadenas de época no se dejan un duro en discos.
EsRadio: No tengo estomago para esto, y menos a estas horas. Opiniones editioralizantes de extrema derecha para entretener a propios y a extraños.
Un programa de caza.
Un programa de atención al consumista.
Los grandes éxitos de allende los mares. Solo un oído especializado diferencia un merengue de una cumbia o de un ballenato. A mí personalmente me suenan todos iguales.
Una señora confiesa por teléfono haber tenido sexo con su hermano. Radio apoyo o algo así. Cotilleos baratos y de muy mal gusto. Dejo a un lado la búsqueda sin sentido y me vuelco en las grandes cadenas generalistas.
Cadena Cope: un tipo hace una reflexión (aparentemente seria) de qué malos son los rusos y cuan buenos los ucranianos pro-europeos. Habla de Putin como si fuese el diablo en persona pero omite a sus entregados oyentes que Crimea ha sido siempre rusa, que sus habitantes han sido siempre rusos, y que fue un capricho de Jrushchov que casualmente era ucranio, entregar un sitio tan rico y tan estratégico en el mar negro como Crimea a Ucrania por decreto de esos de los que me salen de los huevos en época de la decadente URSS. Como sigan tocándole los cojones a Putin desde occidente más de un país pasará frío en el este de Europa este invierno si le da por cortar el gas.
Onda Cero: la juez Ayala no da a basto con tanto caso de corrupción. Ya no sabe si acusar a los sindicatos de timar a la Junta de Andalucia, o si es culpable la junta de lucrarse a través de los sindicatos. Lo más seguro es que actuaron por propio beneficio cojiditos de la mano.
Una vez pasado el torno de seguridad de la estación de Renfe, mi desesperación con la radio y sus noticias empieza a crecer. La salida a la zona de andenes da justo en la que va en dirección contraria, para llegar a Atocha he de cruzar un túnel subterráneo. Cada vez que paso por ahí me acuerdo de la escena de la violación de la película Irreversible, y me recorre un escalofrío. Desde el final del túnel una mirada llena de desesperación remueve mi conciencia. Solo se trata de un poster comercial, un anuncio de Unicef. En él aparece una típica niña negra. Con un blanco vestido raído, cuatro trenzas decorando su cabeza afeitada. Típicos rasgos negroides, nariz ancha, labios carnosos, cara ancha, total descorazonamiento. Los departamentos de marketing de las grandes ONG´s se lo curran. A media altura del anuncio, no más de un metro veinte, una pintada con un rotulador de colegio un idiota ha escrito la palabra "puta". La localización del escrito y la caligrafía me dan a entender que no se trata de un niño de no más de diez años, o de un adulto iletrado que bien era muy bajito o bien se puso de rodillas para dejar su cuestionable opinión. Me inclino más por la primera opción. No llego a comprender si semejante graffiti es una opinión personal, un problema de educación, o una muestra de hombría entre adolescentes sin alma ni cultura. Qué mala suerte he tenido. En este momento sintonizo la Cadena Ser, con la cual más me identifico por mi colorante "rojillo". Una voz, tocada por el tono de alarma trata de informar que con el caso de Senegal ya son cinco los países atacados por el ébola. La OMS reconoce que la epidemia se está convirtiendo en una pandemia, o no calcularon bien su alcance o bien no quisieron. No hace dos días que escuché en la voz de un vasco de pro, casado con una buena valenciana en su programa estrella de la noche del sábado al domingo cómo se habían dado casos de emparedamientos de familias enteras para evitar la enfermedad. Y aún hay gente que cree ser graciosa insultando la cara de una niña pequeña que jamás tendrá la alimentación, derechos o educación tan adornados de pureza en la declaración de derechos humanos.
Apago la radio, me pongo un poco de buena música y trato de apartar los sentimientos que me turban. Espero al tren. Hago entrada en el último vagón y contemplo mis alrededores. Muchos sitios para sentarse, casi todos los ocupantes van dormidos. El mundo se cae a cachos y yo viajo a la capital rodeado de zombies. La idea de la pintada me sigue corroyendo con las noticias del ébola. En el primer tren de la mañana comparto asiento con los parias de la tierra y el odio.
lunes, 8 de septiembre de 2014
0.
Desconozco si esto le ocurre al resto de los mortales cuando entran en una dinámica de rutina diaria pero para mi el concepto conocido como "El Día de la Marmota" es lo más normal del mundo. Cada día me parece el mismo, todo es igual, los mismos tiempos, las mismas personas, es casi tan familiar todo que en algunas ocasiones puedo predecir lo que va a ocurrir a continuación. Con mis inseparables auriculares aislándome del mundo que me rodea entré en el vagón de cola en la estación de Metro de Ventura Rodríguez, dirección Sol, dado por finalizado el último día del mes de Agosto. Por norma general no gasto mi tiempo en pensar en como ha ido el día de trabajo, simplemente fantaseo en el merecido descanso que encontrarán mis huesos cuando llegue a casa, casi una hora y media y tres trenes después. La nueva estructura de los trenes de metro ya no tienen diferencia de vagones, sino que de la cola a la cabina del maquinista es como un gran gusano por el que puedes ver todo su interior. A mi me gusta particularmente ponerme en el último vagón porque me permite, mirando hacia adelante, adivinar la ruta que hace el tren bajo tierra, cuando sube, cuando baja, los giros que toma. Aquel día sin embargo tuve que adelantarme al siguiente vagón para encontrar un asiento libre.
Al llegar a la siguiente estación, Plaza de España, dejé de observar el recorrido para contemplar los andenes como si no supiese en que estación me encontraba. Solo entonces, viendo que solo alguna gente reparaba en algo que ocurría a mi izquierda torné la cabeza más por instinto que por curiosidad. Había, pasada la junta articulada que unía los vagones, una figura alta, delgada, con una cerrada barba negra y el pelo enmarañado un mendigo pidiendo caridad. En contra de su alta estatura, el vuelo que hacía su camisa vaquera permitía adivinar que poca carne rodeaban aquellos huesos. Sin embargo, contradicción de su aspecto descuidado propio de tantos desheredados, supongo que más por falta de medios que de ganas viendo los tiempos que corren, su cara era cándida y agradable. No tenía ningún rasgo destacable, no era ni más guapo ni más feo que todos los que estábamos ahí en ese momento, pero sí era apreciable la incomodidad de la situación en su rostro. Entre mis muchas rarezas está la de prestar atención a aquellos que piden en el transporte público. Algunos pensaran que es inducido por el morbo, pero no tiene nada que ver. Aunque el discurso suele ser una repetición cargada de "les ruego me disculpen", "no quiero molestar" y varios "si ustedes pudiesen" me siento obligado por respeto a escuchar a alguien que esta pasando la mayor de las vergüenzas a cambio de un puñado de calderilla. Cuando, sin apagar mi programa de radio, me retiré el auricular de mi oído izquierdo para escuchar la súplica del indigente apenas llegué para escuchar la clausura de su discurso con el tradicional "muchas gracias y que Dios les bendiga". A pesar de receptar sólo la última frase de un monologo con testigos cuya duración ignoraba por mi propio absentismo, noté un temblor de voz del cual no sabía si la causa era el pudor o la falta de fuerzas. Inmediatamente me compadecí de él. Tanteando en el bolsillo pequeño de mis pantalones intentaba adivinar al tacto qué moneda podía darle, tratando de equilibrar entre la generosidad y el exceso de altruismo, ya que uno mismo ha de hacer prácticamente alquimia para encontrar el fin de mes no sin demasiadas contorsiones financieras. Finalmente encontré una de cincuenta céntimos que satisfacía tanto mi gesto, como a mi conciencia. Cuando el mendicante anónimo llegó a mi altura y recogió la moneda- me retribuyó con una sonrisa sincera que alivió el dispendio. El mendigo siguió camino recogiendo la calderilla de otros pasajeros, y mi auricular izquierdo recobró su lugar aislándome nuevamente del mundo.
A la par que trataba de retomar el tema del debate en el programa de radio que me abstraía del torrente de voces a medio tono que inunda el espacio en sonidos inconexos, el tren cerraba sus puertas para proseguir su marcha. La diferencia de gente que había bajado con la que había subido era prácticamente inexistente por lo que la visibilidad era buena y podía otear de nuevo de derecha a izquierda sin apenas ser entorpecido por no más de una media docena de pasajeros en pie por vagón. Aún así una voz sobresalía de entre todas las demás, incluso combatía el hermetismo de mis auriculares. Era una voz tosca, si es que se puede decir así, rasgada, burda, arrastrando las últimas silabas de cada frase, pero de una imperatividad incomoda. Alcé la cabeza para conseguir vislumbrar a tan desagradable interlocutor para encontrar, en el mismo punto donde apenas segundos antes había solicitado auxilio el mendigo, un tipo nuevo. No le había visto subir. Era de estura normal, ancho de espaldas, se podría decir que de constitución lozana, quizás un poco entrado en sobrepeso. Su camiseta blanca sin mangas, con amplias aperturas bajo las axilas permitía aseverar su estado de fuerza, sus tatuajes artesanales de presidio decorando su piel semi-tostada por la vida a la intemperie, y su falta de higiene. La nariz la tenía aplastada como un boxeador, escoltada por unos pequeños ojos porcinos a cada lado. Dudo que no tuviese un solo diente mellado y/o cariado y decoraba este compendio de belleza con un peinado poco menos que estrafalario, detrás de las orejas lo tenía afeitado, en la zona de la nuca le caía lacio y grasiento hasta la mitad del cuello y lo coronaba con pelo de punta. En suma su presencia no movía ni a la compasión y mucho menos a la caridad. Sin remover mis auriculares podía oír claramente como increpaba a una señora bien entrada en la madurez en términos poco menos que intimidatorios como "¡venga!¡dame un euro!", "¡solo un euro!", "¡está claro que tienes mucho más que eso!". Se podía decir que era un compendio de virtudes, y no sería necesario hacer notar el sarcasmo. Prosiguió increpando a la gente a medida que avanzaba por el tren con un resultado nulo. Tras varios contrariados pasajeros se estaba acercando a mi posición, y yo procuré que fuese notable que mi mano estaba lo más lejos posible de mi bolsillo y que esta no se iba a acercar ni por asomo a rozar el escaso dinero que ahí llevaba. Pero, un par de metros antes de encararme y tras un grave error de alguien que simplemente no sabía como desembarazarse del macarra, este reparó en el mendigo que comenzaba su soliloquio ante los parroquianos del siguiente vagón. Su mirada de súbito se encendió en cólera y encontró en el escuálido mendigo la razón de su fallido intento recaudatorio. Avanzó a grandes zancadas, rebosante de ira y se paró solo un par de pasos por delante del mendigo, comenzando un discurso, esta vez general, imitando de forma patética al desgarbado miserable.
Aunque la sensación de alarma y peligro era poco menos que sofocante para mí, perdí mi campo de visión ante la disposición de la gente para apearse en la siguiente estación: Callao.
Un alborozo surgió antes de que llegase el tren a efectuar su parada y todo el mundo, como en un efecto domino comenzó a levantarse y a mirar en la misma dirección. Una madre se abría paso entre la multitud con cara de consternación llevando a su hijo pequeño de la mano lejos del bullicio. En ese momento advertí que un segundo macarra,obviamente acólito del primero, más del corte de un heroinómano tipo, se adelantaba hacia el tumulto con la expresión del cazador. Entonces toda la gente en pie se giró noventa grados a la izquierda, a contemplar como seguía la escena en los andenes, puesto que ya habíamos hecho parada y se habían abierto las puertas. Una voz femenina, desgarrada por el terror me hizo levantarme de mi asiento por primera vez, y así fue como lo vi. Encima de un banco metálico del anden estaba pataleando como podía el alargado mendigo, con las manos del primer macarra aferradas a su garganta y con los puños del segundo trabajándole el estomago, el hígado, los riñones o cualquier parte que se le pusiese a tiro. Solo entonces deje de razonar.
Emergí del tren abriéndome paso entre los aterrados espectadores junto con otro hombre joven de cuyo brazo tiraba una chica con gesto de negación y de suplica. Sin asignarnos cada uno un objetivo, ya que no intercambiamos ni una mirada el uno con el otro, sabíamos perfectamente que debíamos hacer. Yo me abalancé sobre el estrangulador rodeando su torso y sus brazos con un fuerte abrazo y arrancándole del ya casi inconsciente moribundo. Mi compañero de hazaña simplificó su gesto dándole un fuerte empujón al segundo que le estampó contra la pared amarilla plastificada de la estación. Otros héroes anónimos se dieron cita para reducir al caído, que hacía esfuerzos para levantarse y plantar cara, o buscar la forma de huida, pero yo seguía sólo con el mío. El cabrón estaba fuerte. Trataba de zafarse de mi abrazo pegando saltos, pateando y tirándome cabezazos hacía atrás. De no ser por la diferencia de altura seguro me hubiese acertado de lleno en mitad de la cara, pero por suerte para mí, solo consiguió acertarme en el pecho, con lo que no le solté hasta que llegaron los vigilantes jurados de la estación. Me aliviaron de mi incomoda carga aplicándole un pequeño calmante de porra en la boca del estómago que le hizo caer de rodillas. El griterío era ensordecedor, o simplemente no recibía bien la información total. A medida que la adrenalina bajaba iba recuperando la consciencia y el razonamiento. Soy un imbécil, un incauto, ¿y si hubiese tenido el otro una navaja que habría hecho yo?. Los pensamientos se agolpaban y ninguno clarificaba, no había salido por completo de mi asombro, y mi pulso estaba a mil. El pobre agredido estaba sentado tratando de recuperar aire entre convulsas toses acompañadas de algún esputo sanguinolento. Cuando me giré para subirme de nuevo al tren, que supongo que no se dispuso a salir hasta que se hizo el control de la situación las puertas se me cerraron en las narices dejándome fuera. Dos imberbes con sus móviles cargados estaban grabando la escena con una media sonrisa de fascinación y deleite. Me temblaron las rodillas, se me anudó la garganta y las lagrimas de rabia encontraron el sudor de mis mejillas. Un hombre se había librado de milagro de ser asesinado en plena hora punta y aquellos imbéciles iban a regodearse con el sufrimiento humano colgando su vídeo en las redes sociales y seguramente se echarían unas risas con sus colegas. Aquella tarde de verano que ponía fin al mes de Agosto, también encontró su fin mi fe en la humanidad.
