viernes, 12 de septiembre de 2014

I.

         Un peldaño, dos peldaños y el pequeño rellano. Puedo contar más de media docena de plantas entre las escaleras y el pequeño e inservible tabique que la franquea. Dicen que a las flores les viene muy bien el sol pero no entiendo como sobreviven a este calor infrahumano. De todas formas cuando llegue el invierno morirán todas y la primavera que viene tocará rascarse el bolsillo de nuevo. Menudo gasto. Segundo tramo de escaleras, catorce en total. Llevo treinta y cuatro años subiendo y bajando estas escaleras, a excepción de los años que viví primero fuera de España y después fuera de Coslada. ¡Dios!, ¡qué bien se vivía en Rivas!. Llegando a la puerta de madera de la terracita que hace de entrada a mi casa veo los ojos desconfiados de mi gato, cualquiera de los tres, pero a menos que asome el perro de mi primo rara vez están los tres a la vez ahí. Sea cual sea ninguno de los tres se deja acariciar por mí cuando llego del trabajo, será porque huelo al mundo. Si tuviese ese sentido del olfato yo también huiría ante semejante hedor. No se si por el ruido de la puerta de madera o por el de mis pesados pasos, alguien siempre me oye dentro de casa. Mi mujer me abre la puerta antes de que llegue. Su gesto es cándido así que no me espera ningún problema. Después del beso ritual de bienvenida entro en casa. Todo el cansancio del día me sobreviene de repente. El pequeñajo corre a mi encuentro y me da un abrazo y un par de besos, pero tan pronto como vino se vuelve a hacer sus cosas. Mi hija, ya en preadolescencia ni se levanta a recibirme y a menos que se lo pida se ahorra el beso. Ando directamente hasta mi dormitorio, me quito los zapatos y los calcetines y saboreo cómo circula de nuevo la sangre por mis pies. Sandalias. Vuelvo a levantarme y en el salón enciendo el ordenador para que vaya cargándose. Quizás una pequeña ojeada antes de echarme una siesta. Como un autómata respondo con monosílabos y algún gruñido de asentimiento a las preguntas que me hacen mientras me lavo las manos en el cuarto de baño. Entro en la cocina. Abro la nevera. Hola, ahí estas.

       ¡Puto despertador!, no perdona una. Pero ahí esta, fiel y obediente haciendo lo que le dicen, sonando cuando debe y con el sonido que yo mismo le he puesto. A pesar de que he saltado como un resorte para apagarlo y no despertar a toda la familia, en especial a la que duerme a mi lado, rápido vuelvo a la posición inerte. Me lleva varios minutos comenzar a reaccionar, por eso lo pongo con tanta antelación, pero no puede sonar una segunda vez o mi mujer se desvela, y de ser así ya tengo un problema. Me doy la vuelta y contemplo con una envidia brutal su respirar. Cómo me gustaría darme la vuelta y dormir hasta que esté totalmente descansado, pero no puede ser: hay que currar. Abro y cierro la boca varias veces para quitarme la sensación de pastosidad. Me siento en el borde de la cama y todavía me va a tomar un par de minutos encontrar la forma de levantarme. Finalmente me armo de valor y me levanto. Mis articulaciones, en especial mis tobillos, crujen como una puerta vieja. Recojo mis ropas, mi bolso, mis zapatos y mis auriculares y enfilo hacia la cocina donde me vestiré. Primero visita al trono. La sequedad de mi boca es horrorosa, pero si pego un trago de agua corro el riesgo de buscar un baño de aquí a diez minutos, y a semejantes horas no encuentras nada accesible. Por si acaso entro en el baño y trato de expulsar todos los detritos de mi organismo. He visto un poco mi reflejo en el espejo, y aunque todas las mañanas me pasa lo mismo, mi cara parece la de un viejo enemigo al que reconoces pero no sabes de que. En suma, figura encorvada, ojerosa, despeinada, con los parpados entornados a causa de la primera luz directa, todo un "sex appeal". Que lastima.
Poco menos que me dejo caer en el váter. Mientras espero a que el completo desalojo de inmundicias tenga lugar, trato de recordar lo que he soñado aquella noche. No se lo que era, pero era agradable. Tampoco tengo la mente en estos momentos como para ofrecerle grandes retos. Algunas noches recibo "visitas", pero en esta no ha sido el caso. He dormido a pierna suelta y no recuerdo nada de lo soñado. Una preocupación menos. Lo que sí me preocupa es que llevo diez minutos sentado y no consigo expulsar todo lo que debo, así que tendré que esperar a llegar al trabajo para pegar el primer trago y así evitar incidentes incómodos.

Después de este lento proceder no tardo más de cuarenta y cinco segundos en ponerme la camiseta, los pantalones cortos, zapatillas, colgarme el bolso, conectar los auriculares a mi teléfono móvil y dirigirme a la salida. Ya estoy totalmente despierto y funcional. Abro la primera puerta tratando de hacer el menor ruido posible. Una vez fuera, cierro y contemplo la oscuridad. A través de la opaca capa de polución consigo vislumbrar un par de estrellas primero, luego una decena más. La noche es despejada y el fresquito es delicioso. Cruzo en la más absoluta y silencio el jardín. Una vez llegado a la verja, alumbrado por las farolas enciendo la radio. No hay ni Dios por la calle, quizás pasa solo un coche patrulla de la policía local, pero no le hago ni caso. El único ser visible es el propietario del bar de al lado, una especie de superhombre que debía de haberse jubilado hacía años, pero que no hay quien le quite de su bar ni quien le entierre, ni falta que hace, porque a pesar de no ser capaz de escribir su nombre sin fallos ortográficos, me ha visto crecer y yo a él envejecer, y sí, se puede llegar a decir que le tengo algo de cariño. El susodicho se hizo famoso tiempo atrás por atraer y entretener a sus parroquianos de primera hora con películas porno, pero como su nuevo local tiene una gran cristalera se abstiene de escandalizar al vecindario.

He tenido que recorrer doscientos metros, justo la distancia que separa mi casa de la estación de Cercanías Renfe para darme cuenta que mi sensación de estar despierto no era más que una ilusión. Creo que no me he cruzado con una sola alma en el trayecto. Bueno, quizás un par de limpiadoras del Carrefour que aún tendrán que cruzar un par de descampados y la autopista de Barcelona para llegar a su puesto de trabajo. Si he conectado la radio temo que no me he enterado de nada de lo que he oído. Busco una cadena que satisfaga mis necesidades:
 
    Radio Marca: cuatro entendidos discuten si Cristiano Ronaldo, ha de forzar para jugar el derby. Considerando que se está jugando el mundial de baloncesto en España, el tema me parece doblemente estúpido. Especialmente pensando que España jugó anoche, pero solo parece importarme a mí.

    Kiss FM: han hecho un disco con las mejores canciones ñoñas de los ochenta y noventa, y lo tienen puesto en un infinito "loop".

    M80: la misma técnica que los anteriores solo que con más canciones. Estas cadenas de época no se dejan un duro en discos.

    EsRadio: No tengo estomago para esto, y menos a estas horas. Opiniones editioralizantes de extrema derecha para entretener a propios y a extraños.

    Un programa de caza.

    Un programa de atención al consumista.

    Los grandes éxitos de allende los mares. Solo un oído especializado diferencia un merengue de una cumbia o de un ballenato. A mí personalmente me suenan todos iguales.

    Una señora confiesa por teléfono haber tenido sexo con su hermano. Radio apoyo o algo así. Cotilleos baratos y de muy mal gusto. Dejo a un lado la búsqueda sin sentido y me vuelco en las grandes cadenas generalistas.

     Cadena Cope: un tipo hace una reflexión (aparentemente seria) de qué malos son los rusos y cuan buenos los ucranianos pro-europeos. Habla de Putin como si fuese el diablo en persona pero omite a sus entregados oyentes que Crimea ha sido siempre rusa, que sus habitantes han sido siempre rusos, y que fue un capricho de Jrushchov que casualmente era ucranio, entregar un sitio tan rico y tan estratégico en el mar negro como Crimea a Ucrania por decreto de esos de los que me salen de los huevos en época de la decadente URSS. Como sigan tocándole los cojones a Putin desde occidente más de un país pasará frío en el este de Europa este invierno si le da por cortar el gas.

     Onda Cero: la juez Ayala no da a basto con tanto caso de corrupción. Ya no sabe si acusar a los sindicatos de timar a la Junta de Andalucia, o si es culpable la junta de lucrarse a través de los sindicatos. Lo más seguro es que actuaron por propio beneficio cojiditos de la mano.

    Una vez pasado el torno de seguridad de la estación de Renfe, mi desesperación con la radio y sus noticias empieza a crecer. La salida a la zona de andenes da justo en la que va en dirección contraria, para llegar a Atocha he de cruzar un túnel subterráneo. Cada vez que paso por ahí me acuerdo de la escena de la violación de la película Irreversible, y me recorre un escalofrío. Desde el final del túnel una mirada llena de desesperación remueve mi conciencia. Solo se trata de un poster comercial, un anuncio de Unicef. En él aparece una típica niña negra. Con un blanco vestido raído, cuatro trenzas decorando su cabeza afeitada. Típicos rasgos negroides, nariz ancha, labios carnosos, cara ancha, total descorazonamiento. Los departamentos de marketing de las grandes ONG´s se lo curran. A media altura del anuncio, no más de un metro veinte, una pintada con un rotulador de colegio un idiota ha escrito la palabra "puta". La localización del escrito y la caligrafía me dan a entender que no se trata de un niño de no más de diez años, o de un adulto iletrado que bien era muy bajito o bien se puso de rodillas para dejar su cuestionable opinión. Me inclino más por la primera opción. No llego a comprender si semejante graffiti es una opinión personal, un problema de educación, o una muestra de hombría entre adolescentes sin alma ni cultura. Qué mala suerte he tenido. En este momento sintonizo la Cadena Ser, con la cual más me identifico por mi colorante "rojillo". Una voz, tocada por el tono de alarma trata de informar que con el caso de Senegal ya son cinco los países atacados por el ébola. La OMS reconoce que la epidemia se está convirtiendo en una pandemia, o no calcularon bien su alcance o bien no quisieron. No hace dos días que escuché en la voz de un vasco de pro, casado con una buena valenciana en su programa estrella de la noche del sábado al domingo cómo se habían dado casos de emparedamientos de familias enteras para evitar la enfermedad. Y aún hay gente que cree ser graciosa insultando la cara de una niña pequeña que jamás tendrá la alimentación, derechos o educación tan adornados de pureza en la declaración de derechos humanos.

Apago la radio, me pongo un poco de buena música y trato de apartar los sentimientos que me turban. Espero al tren. Hago entrada en el último vagón y contemplo mis alrededores. Muchos sitios para sentarse, casi todos los ocupantes van dormidos. El mundo se cae a cachos y yo viajo a la capital rodeado de zombies. La idea de la pintada me sigue corroyendo con las noticias del ébola. En el primer tren de la mañana comparto asiento con los parias de la tierra y el odio.

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