lunes, 8 de septiembre de 2014
0.
Desconozco si esto le ocurre al resto de los mortales cuando entran en una dinámica de rutina diaria pero para mi el concepto conocido como "El Día de la Marmota" es lo más normal del mundo. Cada día me parece el mismo, todo es igual, los mismos tiempos, las mismas personas, es casi tan familiar todo que en algunas ocasiones puedo predecir lo que va a ocurrir a continuación. Con mis inseparables auriculares aislándome del mundo que me rodea entré en el vagón de cola en la estación de Metro de Ventura Rodríguez, dirección Sol, dado por finalizado el último día del mes de Agosto. Por norma general no gasto mi tiempo en pensar en como ha ido el día de trabajo, simplemente fantaseo en el merecido descanso que encontrarán mis huesos cuando llegue a casa, casi una hora y media y tres trenes después. La nueva estructura de los trenes de metro ya no tienen diferencia de vagones, sino que de la cola a la cabina del maquinista es como un gran gusano por el que puedes ver todo su interior. A mi me gusta particularmente ponerme en el último vagón porque me permite, mirando hacia adelante, adivinar la ruta que hace el tren bajo tierra, cuando sube, cuando baja, los giros que toma. Aquel día sin embargo tuve que adelantarme al siguiente vagón para encontrar un asiento libre.
Al llegar a la siguiente estación, Plaza de España, dejé de observar el recorrido para contemplar los andenes como si no supiese en que estación me encontraba. Solo entonces, viendo que solo alguna gente reparaba en algo que ocurría a mi izquierda torné la cabeza más por instinto que por curiosidad. Había, pasada la junta articulada que unía los vagones, una figura alta, delgada, con una cerrada barba negra y el pelo enmarañado un mendigo pidiendo caridad. En contra de su alta estatura, el vuelo que hacía su camisa vaquera permitía adivinar que poca carne rodeaban aquellos huesos. Sin embargo, contradicción de su aspecto descuidado propio de tantos desheredados, supongo que más por falta de medios que de ganas viendo los tiempos que corren, su cara era cándida y agradable. No tenía ningún rasgo destacable, no era ni más guapo ni más feo que todos los que estábamos ahí en ese momento, pero sí era apreciable la incomodidad de la situación en su rostro. Entre mis muchas rarezas está la de prestar atención a aquellos que piden en el transporte público. Algunos pensaran que es inducido por el morbo, pero no tiene nada que ver. Aunque el discurso suele ser una repetición cargada de "les ruego me disculpen", "no quiero molestar" y varios "si ustedes pudiesen" me siento obligado por respeto a escuchar a alguien que esta pasando la mayor de las vergüenzas a cambio de un puñado de calderilla. Cuando, sin apagar mi programa de radio, me retiré el auricular de mi oído izquierdo para escuchar la súplica del indigente apenas llegué para escuchar la clausura de su discurso con el tradicional "muchas gracias y que Dios les bendiga". A pesar de receptar sólo la última frase de un monologo con testigos cuya duración ignoraba por mi propio absentismo, noté un temblor de voz del cual no sabía si la causa era el pudor o la falta de fuerzas. Inmediatamente me compadecí de él. Tanteando en el bolsillo pequeño de mis pantalones intentaba adivinar al tacto qué moneda podía darle, tratando de equilibrar entre la generosidad y el exceso de altruismo, ya que uno mismo ha de hacer prácticamente alquimia para encontrar el fin de mes no sin demasiadas contorsiones financieras. Finalmente encontré una de cincuenta céntimos que satisfacía tanto mi gesto, como a mi conciencia. Cuando el mendicante anónimo llegó a mi altura y recogió la moneda- me retribuyó con una sonrisa sincera que alivió el dispendio. El mendigo siguió camino recogiendo la calderilla de otros pasajeros, y mi auricular izquierdo recobró su lugar aislándome nuevamente del mundo.
A la par que trataba de retomar el tema del debate en el programa de radio que me abstraía del torrente de voces a medio tono que inunda el espacio en sonidos inconexos, el tren cerraba sus puertas para proseguir su marcha. La diferencia de gente que había bajado con la que había subido era prácticamente inexistente por lo que la visibilidad era buena y podía otear de nuevo de derecha a izquierda sin apenas ser entorpecido por no más de una media docena de pasajeros en pie por vagón. Aún así una voz sobresalía de entre todas las demás, incluso combatía el hermetismo de mis auriculares. Era una voz tosca, si es que se puede decir así, rasgada, burda, arrastrando las últimas silabas de cada frase, pero de una imperatividad incomoda. Alcé la cabeza para conseguir vislumbrar a tan desagradable interlocutor para encontrar, en el mismo punto donde apenas segundos antes había solicitado auxilio el mendigo, un tipo nuevo. No le había visto subir. Era de estura normal, ancho de espaldas, se podría decir que de constitución lozana, quizás un poco entrado en sobrepeso. Su camiseta blanca sin mangas, con amplias aperturas bajo las axilas permitía aseverar su estado de fuerza, sus tatuajes artesanales de presidio decorando su piel semi-tostada por la vida a la intemperie, y su falta de higiene. La nariz la tenía aplastada como un boxeador, escoltada por unos pequeños ojos porcinos a cada lado. Dudo que no tuviese un solo diente mellado y/o cariado y decoraba este compendio de belleza con un peinado poco menos que estrafalario, detrás de las orejas lo tenía afeitado, en la zona de la nuca le caía lacio y grasiento hasta la mitad del cuello y lo coronaba con pelo de punta. En suma su presencia no movía ni a la compasión y mucho menos a la caridad. Sin remover mis auriculares podía oír claramente como increpaba a una señora bien entrada en la madurez en términos poco menos que intimidatorios como "¡venga!¡dame un euro!", "¡solo un euro!", "¡está claro que tienes mucho más que eso!". Se podía decir que era un compendio de virtudes, y no sería necesario hacer notar el sarcasmo. Prosiguió increpando a la gente a medida que avanzaba por el tren con un resultado nulo. Tras varios contrariados pasajeros se estaba acercando a mi posición, y yo procuré que fuese notable que mi mano estaba lo más lejos posible de mi bolsillo y que esta no se iba a acercar ni por asomo a rozar el escaso dinero que ahí llevaba. Pero, un par de metros antes de encararme y tras un grave error de alguien que simplemente no sabía como desembarazarse del macarra, este reparó en el mendigo que comenzaba su soliloquio ante los parroquianos del siguiente vagón. Su mirada de súbito se encendió en cólera y encontró en el escuálido mendigo la razón de su fallido intento recaudatorio. Avanzó a grandes zancadas, rebosante de ira y se paró solo un par de pasos por delante del mendigo, comenzando un discurso, esta vez general, imitando de forma patética al desgarbado miserable.
Aunque la sensación de alarma y peligro era poco menos que sofocante para mí, perdí mi campo de visión ante la disposición de la gente para apearse en la siguiente estación: Callao.
Un alborozo surgió antes de que llegase el tren a efectuar su parada y todo el mundo, como en un efecto domino comenzó a levantarse y a mirar en la misma dirección. Una madre se abría paso entre la multitud con cara de consternación llevando a su hijo pequeño de la mano lejos del bullicio. En ese momento advertí que un segundo macarra,obviamente acólito del primero, más del corte de un heroinómano tipo, se adelantaba hacia el tumulto con la expresión del cazador. Entonces toda la gente en pie se giró noventa grados a la izquierda, a contemplar como seguía la escena en los andenes, puesto que ya habíamos hecho parada y se habían abierto las puertas. Una voz femenina, desgarrada por el terror me hizo levantarme de mi asiento por primera vez, y así fue como lo vi. Encima de un banco metálico del anden estaba pataleando como podía el alargado mendigo, con las manos del primer macarra aferradas a su garganta y con los puños del segundo trabajándole el estomago, el hígado, los riñones o cualquier parte que se le pusiese a tiro. Solo entonces deje de razonar.
Emergí del tren abriéndome paso entre los aterrados espectadores junto con otro hombre joven de cuyo brazo tiraba una chica con gesto de negación y de suplica. Sin asignarnos cada uno un objetivo, ya que no intercambiamos ni una mirada el uno con el otro, sabíamos perfectamente que debíamos hacer. Yo me abalancé sobre el estrangulador rodeando su torso y sus brazos con un fuerte abrazo y arrancándole del ya casi inconsciente moribundo. Mi compañero de hazaña simplificó su gesto dándole un fuerte empujón al segundo que le estampó contra la pared amarilla plastificada de la estación. Otros héroes anónimos se dieron cita para reducir al caído, que hacía esfuerzos para levantarse y plantar cara, o buscar la forma de huida, pero yo seguía sólo con el mío. El cabrón estaba fuerte. Trataba de zafarse de mi abrazo pegando saltos, pateando y tirándome cabezazos hacía atrás. De no ser por la diferencia de altura seguro me hubiese acertado de lleno en mitad de la cara, pero por suerte para mí, solo consiguió acertarme en el pecho, con lo que no le solté hasta que llegaron los vigilantes jurados de la estación. Me aliviaron de mi incomoda carga aplicándole un pequeño calmante de porra en la boca del estómago que le hizo caer de rodillas. El griterío era ensordecedor, o simplemente no recibía bien la información total. A medida que la adrenalina bajaba iba recuperando la consciencia y el razonamiento. Soy un imbécil, un incauto, ¿y si hubiese tenido el otro una navaja que habría hecho yo?. Los pensamientos se agolpaban y ninguno clarificaba, no había salido por completo de mi asombro, y mi pulso estaba a mil. El pobre agredido estaba sentado tratando de recuperar aire entre convulsas toses acompañadas de algún esputo sanguinolento. Cuando me giré para subirme de nuevo al tren, que supongo que no se dispuso a salir hasta que se hizo el control de la situación las puertas se me cerraron en las narices dejándome fuera. Dos imberbes con sus móviles cargados estaban grabando la escena con una media sonrisa de fascinación y deleite. Me temblaron las rodillas, se me anudó la garganta y las lagrimas de rabia encontraron el sudor de mis mejillas. Un hombre se había librado de milagro de ser asesinado en plena hora punta y aquellos imbéciles iban a regodearse con el sufrimiento humano colgando su vídeo en las redes sociales y seguramente se echarían unas risas con sus colegas. Aquella tarde de verano que ponía fin al mes de Agosto, también encontró su fin mi fe en la humanidad.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario