Siempre que entro en el tren me entra una sensación de soledad. estoy rodeado de gente, no mucha entre semana y mucho más animado los fines de semana, pero me siento como un completo extraño, un recién llegado al mundo. Siempre me viene a la cabeza y muchas veces la tarareo aquella canción mítica de "The Doors" que decía lo de:
People are strange
When you are a stranger
Faces look ugly
When your alone
Babel en cercanías, un concepto gracioso. Gente de cualquier parte del mundo y de cualquier ocupación dormitan cada uno en su sitio. Lo único que puedan tener en común es que todos son, o somos, trabajadores de clase media, muy tirando a la baja. No creo que se viese a ningún ejecutivo subido al transporte público para ir a trabajar, mucho menos a las cinco y cuarto de la mañana. Todos estos pobres trabajadores seguramente pertenecen al sector servicios. Son la gente que nadie presta atención salvo que los echen de menos, chachas, mujeres de la limpieza para las oficinas, porteros de edificios, guardias de seguridad, albañiles y como no hosteleros. Todos poseen una increíble capacidad que a mi me es totalmente impensable, según se sientan se quedan dormidos, y por algún extraño conjuro solo se despiertan al llegar a su parada. Yo por el contrario lucho por mantenerme despierto por que si no tendré que pasar la vergüenza de llamar por teléfono explicando como me he encontrado en mitad de Cercedilla y que en consecuencia voy a llegar sumamente tarde. Tratando de distraerme contemplo a los quince o veinte individuos que comparten conmigo el viaje. Siempre se repiten los cánones y los estereotipos. Es fácil diferenciar unos de otros por sus ropas, sus rasgos o su equipaje, si es que lo lleva. Siempre hay un par de rumanos que cada día me encuentro con voluminosas bolsas de plástico trenzado que aguantan muy bien el peso y esconden su contenido. Siempre hay una señora de la limpieza que bien trabaja para una empresa o para un privado que lleva puesto su uniforme de auxiliar de hospital. Siempre hay algún chulo, más en fin de semana con la mítica gorra de los New York Yankees, poco calada y ladeada, gafas Ray Ban de mercadillo semicaidas, camiseta de tirantes, y los pantalones caídos mostrando sus boxers. Esta claro que el chaval desconoce que esa moda comenzo en las prisiones estadounidenses y que la llevaban los homosexuales pasivos como código para indicar que eran receptivos a ser perforados voluntariamente. Últimamente me encuentro a un escuálido hombre de alta estatura, oscuro como la noche, probablemente subsahariano, rezando el rosario con devoción todo el trayecto hasta Atocha. Antaño solo pedían los drogadictos o los andinos adornados en sus coloridos ponchos animando con las melancólicas canciones de su tierra, pero ahora te encuentras a más de un español entrado en años victima de la crisis madrugando para pedir limosna vendiendo Kleenex de la marca blanca de los supermercados Día. Curiosamente, aseverando la frase popular de "Dios los cría y ellos se juntan", distintas nacionalidades van entrando en el tren según se suben:
Coslada: mayoritariamente rumanos
Vicalvaro: españoles y alguna del áfrica central que alquila su cuerpo por un módico precio en el polígono industrial que está al otro lado de las vías del tren.
Santa Eugenia: aquí la mezcolanza es total, del este de Europa, sudameriacanos, locales, y algún que otro magrebí.Vallecas: mayoritariamente latinoamericanos. Pero de los puros, no criollos, sino raza pura. Descendientes directos de los pobladores desde la tierra del fuego hasta la penisnsula de Yucatán.
El Pozo: curiosamente casi nadie sube en esta estación a estas horas de la mañana. Da qué pensar.
Entrevías: ahora la han adornado con el prefijo "Asamblea de Madrid", pero históricamente ha sido uno de los barrios más conflictivos de Madrid, junto a San Blas, eran lo más peligroso de la villa y corte, pero ahí solo suben cuatro o cinco gatos puros, de los del "madriz"de toda la vida.
Atocha Renfe: Todo el mundo abajo.
En el cambio de vía he de cruzar un puente que da acceso a todos los andenes de la estación, no solo yo sino todos los demás, y parece que todos tienen prioridad. El acceso a las escaleras mecánicas se rige por la ley de la jungla. Mientras trato de mantener la fila de una forma cívica, la gente va entrando a empellones a derecha y a izquierda sin respetar ningún tipo de orden. No tengo ganas de discutir tan temprano, así que no entro en el juego y si alguien se cuela, pues medallita para él/ella. Yo voy con la paciencia de un buey ya que voy con tiempo y prisa no tengo. Siempre hay el que recibe los insultos de los comunes al obstruir la subida con alguna bicicleta. Parece que esos diez segundos de subida suponen una diferencia para los demás.
A la llegada a mi segundo transbordo siempre me río observando la escena. La mayoría de la gente se adentra directamente en el tren del lado izquierdo del andén que no hará salida hasta las seis y cinco de la mañana. Sincronizado con mi llegada entra en el anden derecho otro tren que hace la misma ruta, solo que hace salida acto seguido. Entonces todo el mundo abandona el primer tren para abordar al recién llegado. La sucesión de empujones y empellones se repite al igual que en la escalera mecánica. Como la mayoría de los viajantes hacen parada, al igual que un servidor, en la siguiente estación, no han accedido siquiera al tren que ya ocupan posiciones de salida, con lo que dificultan la entrada a los rezagados. Aunque sea solo para un viaje de cuatro minutos, siempre hay una lucha abierta por ocupar los asientos disponibles. Me llama la atención como la gente ocupa asientos determinados tratando de dejar un sitio libre entre pasajero y pasajero, como si les molestase el contacto con sus iguales, y si el asiento de entre medias se ocupa siempre miran de soslayo y con desdén al atrevido intruso. Al llegar a la estación de Sol la pelea se reanuda. En este centro neurálgico de la ciudad no solo se da un intercambiador de Renfe y Metro, parece también un relevo entre los que empezamos el día con los que terminan la noche. Una horda de jóvenes, y no tan jóvenes esperan al tren o caminan sin rumbo. Gente a la moda, con gafas de sol, sonrisa perpetua, creyéndose los más graciosos de la fiesta, con los ojos inyectados en sangre, maquillajes desamparados, ropajes otrora de diseño ahora hechos jirones por el transcurso de la noche, con latas de bebida comprados en la calle, gente de sexo indefinido con barba y piernas y pecho expuestos totalmente depilados, carne de silicona, lagrimas de desengaños amorosos de una noche, y rosas compradas a sacrificados orientales que aguantan las tonterías del alcohol y las drogas para poder venderle la posibilidad a un estúpido de echar un polvo en el tigre de un bar cualquiera. Hombres y mujeres discutiendo, mujeres increpando a un pobre tonto con gafas de pasta y espinillas, chicas andando de la mano, Hércules musculados abrazándose la cintura o dándose besos de tornillo, siempre alguno vomitando en alguna papelera o detrás de alguna maquina expendedora, incluso alguno lamiendo el suelo porque ha esparcido el contenido de su papelina en el piso mugriento de la estación.
Para acceder al Metro hay dos vías, dos tramos de escalera mecánica o un pequeño ascensor en el que apenas caben media docena de personas. Aunque se tarda menos por las escaleras es normal ver a señoras entradas en edad pegándose una carrera cómica y torpe para llegar primeras al ascensor. Siempre hay discusiones. En cuanto entran más de los debidos la gente discute sobre quien ha de salir, si el último que ha hecho entrada o el de más peso. Yo tomo la vía de las escaleras. Antes de llegar al primer rellano oigo gritos desesperados para descubrir poco después al termino del segundo tramo de escaleras a seis o siete guardas jurados ajusticiando a un par de infelices que han tenido la infeliz ocurrencia de pegarse un viaje gratis. Desde el momento que salgo de los tornos de Renfe noto la mirada de algún listo que observa como me dirijo hacia el metro, apenas veinte metros de distancia. Como una sombra y haciéndose los tontos empiezan a pegarse en mi. A veces son chavalas de corta edad, otras todo lo contrario, hombres maduros condenados a su devoción a la heroína. Como quien no quiere la cosa se pegan a mis talones para que una vez hago entrada en el metro entrar gratis a mi costa. Generalmente y con aire de satisfacción esperan a un amigo o acólito a que haga la misma operación mientras que yo sigo camino.
En el metro me encuentro poco más o menos la misma fauna pero de distinta naturaleza, hace entrada el homo digitalis, esa nueva especie más avanzada que no solo tiene una destreza inaudita en los pulgares tecleando en su pantalla táctil, sino que ya tiene el cuello inclinado a perpetuidad cuarenta y cinco grados hacia el suelo, pendiente de vídeos y los juegos gratuitos de internet para su versión móvil, bien sea Android u otro sistema operativo para privilegiados. La tecnología no escapa a nadie, puesto que he visto a gitanas limpiando parabrisas en la Plaza de España con Iphone´s 5 en sus manos mientras esperaban a que el semáforo se ponga en rojo para recibir clientes. Aunque solo tengo tres paradas estas se me hacen angustiosas. Necesito salir de ahí. Al llegar a mi estación de destino salgo como una exhalación, y en la soledad de la noche respiro el aire de la ciudad. Con mi trabajo en frente, el palacio de Liria a mi derecha. Enciendo un cigarrillo con avidez saboreando la soledad de la noche. En mi boca percibo el tabaco canario, el alquitrán, la nicotina y el odio.
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