viernes, 19 de septiembre de 2014

III.

    Ya van tres mientras navego compulsivamente y sin dirección por la red. Creo que cuando la velocidad de internet era más lenta me paraba más para leer los artículos ya que era un triunfo abrir una página. Ahora todo va mucho más rápido con lo que hago una especie de zapping con siete páginas abiertas simultáneamente. Repaso las portadas de los periódicos on-line con tanto desdén y desinterés como cuando enciendo la radio. Una nueva versión de Wallace político está dinamitando la estabilidad del "Union Jack". El "coletas" y Esperanza Aguirre se ha convertido en la pareja de moda y no paran de atizarse en todos los programas de televisión en hora de máxima audiencia. La que hace unos años se la conocía como Hannah Montana ahora siembra el escándalo en cada concierto, ha pasado de ser el icono de miles de niñas de todo el mundo ha ser otra porno-Disney. El ébola se ha cobrado ya dos millares de victimas y los países ricos posan con su imagen más solidaria asegurando que están buscando una solución al problema y todo lo que buscan es que no entre dentro de sus fronteras. Cada ocho minutos muere de hambre un niño en el mundo, con un rápido calculo te das cuenta que la cifra de victimas de ébola no llega ni a la mitad de la de niños victimas de inanición, pero esto a los políticos no les preocupa. ¿Será que esta especie de peste negra es culpa de algún tipo de experimento bacteriológico con las cobayas del continente africano que a nadie le importa? Cada vez son más las voces que se alzan con esta idea. Me pesan las pestañas y ya he dado un par de cabezadas de rendición. Suspendo el ordenador y doy cuatro pasos arrastrando los píes para dejarme caer en la cama. Las desgracias pueden esperar una hora.


       Esta zona de Madrid es realmente bonita. Especialmente de noche y cuando no hay más que un par de taxis tratando de cazar a los fiesteros más rezagados para hacer la última carrera de la noche aún a riesgo de que le vomiten en la tapicería. Muchos de los edificios de la calle princesa tienen ya casi una centuria, y se integran a la perfección con los de diseño moderno ya vanguardista. En lugar de fijarme en el conjunto arquitectónico del Madrid de ayer y de hoy, sigo con paso ágil mi camino hacia el trabajo. Es un edificio totalmente rectangular, con cristaleras amplias decorando la fachada. La entrada al hotel tiene todos los elementos de un negocio de lujo. Puerta giratoria, mármol, un techo altísimo de más de cinco metros del que cuelgan preciosas lámparas de vivos colores, que no alumbran apenas pero que decoran. Jarrones de estilo chino, algún que otro buda, sendos sillones en los que caben una docena de personas medio tumbadas con mesitas de diseño en las que parece que el cristal flota a media altura. Hay algunos miembros de tripulación de Lufthansa sirviéndose café en la estación que cada noche coloca y repone el de servicio de habitaciones. En uno de los laterales el recepcionista de noche me ha reconocido y me saluda con un gesto militar. Sabe que a pesar de la hora y que no hay jefes yo no voy a hacer entrada por ahí, eso es solo para clientes. Dejo atrás toda la pompa con la que atraemos a los huéspedes como moscas que caen en la tela de araña, y tuerzo la esquina donde todo esta casi en penumbra. Los gatos rebuscan en las bolsas de basura que algunos ciudadanos dejan al lado de los contenedores por no echarlas dentro, demasiado esfuerzo. Vuelvo a torcer la esquina y ahí la oscuridad es casi total, a excepción de las dos bombillas que alumbran la entrada de personal. Es una especie de zona de carga y descarga de mercancías, a estas horas hay que sortear los contenedores del hotel que los funcionarios de recogida de basuras han colocado como les ha dado la gana. La gran puerta de metal oxidado se abre mediante una tarjeta que graba qué empleado entra y a que hora, eso sí, si al lector le da la gana. Hay veces que tengo que meter la tarjeta cinco o seis veces hasta que esta se digna a hacer la lectura. Si graba cada pase de la tarjeta pensarán que estoy borracho. Una vez franqueada la gran puerta de madera, paso una pequeña puerta de cristal que en su día fue mal instalada y tiene los goznes al revés con lo que nunca se cierra como debiera. Bajo dos tramos de escaleras totalmente solo que dan al laberinto interior por donde nos movemos los trabajadores para no ser vistos por los clientes. Un tramo más de escaleras y llego a la zona de vestuarios. El primer vestuario, el más amplio de todos, es para trabajadores rasos. El segundo, un poco más grande que una cabina telefónica es para empleados eventuales. El tercero, donde yo me cambio, es para mandos intermedios y directivos. A pesar de que se consideraría la zona noble de los placares es igual de cutre que el de todos los demás, con el agravante que el desagüe de impurezas de todo el hotel ha de estar justo debajo y hoy apesta a orines. Más allá del pasillo es la zona de mujeres y un portón doble aleja las miradas indiscretas. Si tienen la misma diferenciación de estatus que los hombres eso ya no lo se. Al entrar al vestuario tengo un gran espejo a mano izquierda que me devuelve la imagen del mismo desconocido que vi en el de mi casa, igual de dormido, igual de ojeroso, solo que con una mueca añadida de desagrado por el hedor. Antes de quitarme la ropa enciendo el agua caliente para que coja temperatura. Mi taquilla está justo al lado de la puerta con que si a alguien le diese por abrir en el momento de cambiarme gozaría de privacidad cero, pero a esas horas solo estoy yo. Me afeito, me lavo los dientes, que mojo el pelo con la intención de domarlo y procedo a vestirme. Camisa blanca, zapatos negros, pantalones negros, americana negra, corbata negra. Parezco más un miembro de seguridad en una discoteca o un agente de seguros de vida. Cotejo que llevo todos los enseres en su sitio, sacacorchos, bolígrafos, mi chapa identificativa, mi teléfono móvil, tabaco, mechero, mis llaves. Vuelvo a contemplar al extraño del espejo y sigue siendo el mismo solo que más aseado y pulcro.

     Subo las escaleras y doy a un pasillo larguísimo que hace de arteria principal del hotel. Ahí esta el economato, servicios técnicos, lavandería, el despacho de la gobernanta, el de la interventora, el del departamento de reservas y el de alimentos y bebidas, que es el mio. Este se divide en un despacho más o menos amplio cercado de mamparas con cristalera y cortinas de mi jefe. A la derecha están las dos mesas de los metres, todos los archivadores del papeleo que a diario rellenamos, y un gran corcho donde colgamos las ordenes de servicio clasificadas por días. Hoy tengo cerca de cuatrocientos desayunos, ochenta son jubilados que nos trae una agencia tipo imserso pero de nivel para adinerados estadounidenses y australianos. Ciento cincuenta judíos de vacaciones. El resto son gente de negocios, turistas y padres que vienen a visitar a sus hijos que están en los colegios mayores de la ciudad universitaria. Trato de memorizar cuantos tengo en plantilla y cómo distribuirlos ya que hoy toca subir pedidos de desayunos y de minibares, pero según salgo de la oficina se me ha olvidado completamente. Improvisaré. Al salir al pasillo me encuentro con una de las limpiadoras, es fuerte de constitución, con una sonrisa cándida y voz débil y aguda que contrasta con su físico. Al subir por el ascensor de servicio a la primera planta se distrae quitándome pelotillas de la chaqueta dando cuenta de la mala calidad del tejido. Yo me limito a asentir con la cabeza y a responder con monosílabos ya que esta conversación la tenemos todas las mañanas del año. Salimos delante de la cantina de personal donde ya están desayunando los más madrugadores haciendo corrillos para despellejar compañeros con cuchicheos de este ha dicho o aquel ha hecho. Cojo un vaso, le pongo azúcar, y paso de largo de la cafetera de personal que solo da un laxante de agua sucia. En el pasillo que da al desayunador me cruzo con el camarero de room service de noche. Este suele aprovechar la soledad y la falta de vigilancia para dar cuenta de nuestra variedad de bebidas alcohólicas, pero esta noche no esta demasiado pasado. Ha terminado de preparar el buffet y se dispone a recoger la estación de café del hall. Entro en el salón, compruebo que esta todo donde debe, la lista de habitaciones en mi atril, y la música puesta. Un horrible disco de Chill-Out que por gentileza del director general escucho cuatro veces seguidas todas las mañanas. Aunque la puerta de acceso para clientes está cerrada me llega el murmullo de los jubilados que están ansiosos por que abra de una vez. Quedan diez minutos para las siete así que se van a esperar a que me tome yo mi café, por supuesto el de maquina para clientes. Me salgo a una terracita escondida y me enciendo un cigarrillo. Son mis últimos cinco minutos de tranquilidad en toda la mañana. Jugueteo con el móvil apurando las últimas caladas y me aprieto la corbata. Las siete menos dos minutos. El murmullo de los viejos ha pasado a ser un ruido de impaciencia. Clarines y timbales para abrir la puerta de los toriles. Yo estoy preparado, con mi lista, mi atril, la música y el odio.  
   

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